Arriba y abajo. ¿No hay nada más?

08/11/18

Por Puerto Solar Calvo, Jurista del Cuerpo Superior Técnico de Instituciones Penitenciarias.

En estos tiempos rápidos, falsamente intensos, conviene detenerse un momento para leer a Byung-Chul Han. Sus libros La Sociedad Cansada, La Expulsión de lo Distinto y Psicopolítica, son una certera radiografía del mundo en el que vivimos y los cambios que se han producido entre la era puramente industrial y la nuestra que el autor denomina postindustrial, neoliberal y radicalmente capitalista. El ser humano deja de ser humano para convertirse en agente de alto rendimiento no disciplinado, en un proyecto de sí mismo. Yo no soy lo que soy, soy lo que puedo llegar a ser, y, como parece que todo se puede, como el mantra social es el de no hay barreras, me esfuerzo de forma titánica en convertirme en lo más próximo a ese ideal que entre yo y mis alrededores hemos fabricado. Alrededores tan importantes como la familia, la escuela, la publicidad y la dinámica de la sociedad de consumo que nos convierte en eso mismo que dice vendernos: productos consumibles que nosotros mismos fabricamos.

En este contexto situamos esta reflexión. Profesionalmente, somos muy capaces de dejar de hacer el trabajo que nos gusta por crecer hacia arriba, sólo hacia arriba. No se entiende el crecimiento horizontal. No existe a pesar de su necesidad. El drama consiste no sólo en el potencial que en esa carrera hacia el infinito se pierde, sino además en que, situados arriba, el objetivo y fin último es mantenerse en el puesto logrado, sin que la vuelta hacia el puesto anterior pueda ser entendida en términos de ganancia personal e incluso profesional. Así nos va. Dos premisas básicas para el buen ejercicio profesional son la falta de miedo a las consecuencias de lo decidido y la actuación profesional en base a un criterio razonable y, por ello, medianamente estable. Cuando el crecimiento vertical se convierte en la meta, estos dos parámetros de buen hacer profesional quedan en entredicho. El miedo a perder puntos en la carrera ascendente marcará el criterio y el criterio acabará siendo tan arbitrario, personalista y subjetivo como el miedo que lo determina.

Siendo esto así, sinceramente creemos que sólo un cambio de paradigma puede ayudarnos. El cambio bien podría basarse en estas tres premisas. Primera, cuando por mérito o accidente se llega a la cumbre o a una cumbre intermedia, sólo se logrará ejercer el mejor papel profesional posible, el que se considere necesario, en proporción directa a la falta de miedo a dejar de ocupar ese puesto. La ausencia de miedo a la bajada no garantiza el buen hacer, pero es condición básica para ello. Segunda, si la bajada se produce, si el cambio de puesto llega, hemos de apostar por ese crecimiento horizontal que defendemos. Mantener el criterio razonable y estable al que antes aludíamos, ensanchar nuestras capacidades y, he aquí algo difícil, lejos del enfado con quien no sigue ese criterio, defender lo que profesionalmente entendemos que es acertado y relevante. Nunca seremos lo suficientemente conscientes de lo mucho que se pueden cambiar las cosas desde abajo, a base de pico y pala, de los pequeños milagros del día a día que pasan a nivel micro y no macro. Tercera y última, ser plenamente conscientes del azar que dirige las cosas, de lo cambiante del mismo y de la potencialidad de las personas que, ocupando puestos aparentemente menos relevantes, están deseando aportar y poner en práctica nuevas ideas. Ahí está la riqueza.

Volvamos al principio, la sociedad de alto rendimiento en que estamos atrapados, cerrando esta reflexión con otro libro. Feliz Final, de Isaac Rosa, narra las consecuencias más personales de estos tiempos tan inhumanos. Tiempos en que lo profesional manda de una forma tan equivocada. Que nadie se lleve a engaño, en lo profesional nos tenemos que atrever a todo, sin límite a soñar una utopía, tanto en sentido vertical si es lo que queremos en un momento dado, como también en el sentido horizontal tal y como venimos reclamando. Sin embargo, es fundamental que las grandes decisiones vitales sean personales, que sea nuestro bienestar personal el que principalmente nos lleve, pues antes que profesionales fuimos y somos personas. Y en relación con esto, que -en contra de ese otro mantra tan extendido de separar la vida privada del trabajo, como si en una fuésemos seres humanos y en la otra máquinas programadas para el triunfo- lo personal y lo profesional estén unidos, que lo segundo encaje con lo primero, en nuestra forma de ser y estar en el mundo, que ambos planos se enriquezcan y que, esto es fundamental, ambas caras de la vida nos reporten disfrute.