
La prisión constituye un contexto especialmente relevante para observar y comprender el cambio humano. En ella, los procesos de transformación, recaída y resistencia se manifiestan con una claridad más intensa de lo habitual. En muy pocos entornos podemos observar con tanta nitidez dimensiones esenciales de la experiencia humana como la identidad, la esperanza, la disciplina o el sentido de vida.
La pregunta «¿cómo cambian las personas?» parece, a primera vista, sencilla. Sin embargo, cuando hablamos de reinserción social de las personas privadas de libertad (objetivo al que el artículo 25.2 de la Constitución Española orienta las penas de prisión) la respuesta se vuelve un poco más compleja.
¿Cómo consigue una persona cambiar de verdad?
No hablamos de propósitos de Año Nuevo ni de pequeños cambios de hábitos. Hablamos de un cambio profundo, del tipo de transformación que permite reconstruir una identidad y una vida con sentido en el retorno a la sociedad libre.
Existen pocos contextos donde la cuestión del cambio personal se pone tan a prueba como en las personas que han cometido un delito y han pasado parte de su vida en prisión.
El mandato constitucional de la reinserción social
El artículo 25.2 de la Constitución Española lo expresa con claridad:
«Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social.»
Es una frase que se cita con frecuencia, aunque muchas veces de forma mecánica y superficial.
Este mandato constitucional implica que la prisión no debe limitarse a custodiar a una persona durante un determinado número de años. El sistema penitenciario debe orientarse a que esa persona pueda regresar a la sociedad transformada, y no únicamente «castigada».
Y es ahí desde donde quiero retomar la pregunta inicial: ¿cómo cambian realmente las personas?
El cambio no ocurre por mandato judicial
Nadie cambia porque una sentencia lo ordene.
El cambio auténtico (el que se mantiene años después de recuperar la libertad) suele ser fruto de la combinación de varios factores:
- Un vínculo significativo. Alguien que cree en esa persona incluso antes de que ella crea en sí misma: un educador, un familiar, un compañero de módulo, un profesor, un voluntario…
- Un nuevo relato personal. La capacidad de dejar de verse a uno mismo únicamente a través del error cometido, y empezar a construir una nueva identidad, basada en la responsabilidad, el aprendizaje y la posibilidad de un futuro diferente.
- Una oportunidad concreta. Una formación, un empleo, un programa de intervención, un espacio de reflexión profunda, algo tangible desde donde arrancar ese cambio interior.
- Tiempo. El cambio no sucede en un instante, es un proceso, un camino que es necesario recorrer y consolidar.
- Acompañamiento. Una transformación personal necesita apoyo, no solo durante la estancia en prisión, sino sobre todo tras la puesta en libertad y la vuelta al «mundo real».
Por qué la reinserción social nos incumbe a todos
Es fácil pensar en la reinserción como un asunto exclusivamente penitenciario o judicial. Sin embargo, se trata en realidad de un asunto social e incluso empresarial.
Cada persona que sale de prisión y no encuentra trabajo, comunidad ni una segunda oportunidad tiene muchas más probabilidades de reincidir.
Por el contrario, cuando una persona encuentra esas oportunidades gracias a empresas que contratan, entidades que forman o personas que tienden una mano, cuenta con muchas más probabilidades de lograr reconstruir su vida.
Si no se encuentran opciones o alternativas, la voluntad de cambiar muchas veces se queda sin espacio, se ahoga y termina por apagarse.
La pregunta más importante
Si el cambio profundo de una persona depende de los vínculos, de la reconstrucción de su identidad y de la existencia de oportunidades reales, ¿qué papel podemos jugar cada uno de nosotros (como profesionales, como empresas y como sociedad) en hacer posible la reinserción social de las personas privadas de libertad?
Sin embargo, la reinserción social no es solo una cuestión penitenciaria. En realidad nos acerca a una de las preguntas más profundas que podemos hacernos como sociedad: ¿realmente pueden cambiar las personas?
Después de años trabajando en prisión, cada vez tengo menos dudas de que sí. Ninguna persona puede reducirse al peor error que ha cometido.
Pero lo que siempre me ha parecido más interesante es entender qué hace posible ese cambio.
Son preguntas que debemos hacernos los profesionales penitenciarios, pero que trascienden por completo los muros de una prisión. Por eso, no debemos realizar nuestro trabajo de manera aislada de la sociedad.
Si entendemos por qué algunas personas logran reconstruir su vida después de haber cometido un delito, también entenderemos mejor por qué cualquier persona (haya pasado o no por una prisión) consigue abandonar viejos patrones, cambiar el rumbo de su vida y construir un futuro diferente.
Por eso, comprender cómo se producen los procesos de reinserción puede ayudarnos a entender mejor cómo cambian las personas, un fenómeno que nos afecta a todos. Porque todos, en algún momento, necesitamos rehacer alguna parte de nuestra vida.
Cuanto mejor entendamos cómo cambian las personas, mejores decisiones tomaremos como profesionales, como instituciones y como sociedad. Pero también seremos más capaces de acompañar nuestros propios procesos de cambio y los de quienes nos rodean.
El trabajo penitenciario orientado a la reinserción y a la reducción de la reincidencia no debería centrarse tanto en el delito cometido, como a menudo ocurre, sino en comprender cómo han conseguido cambiar las personas que han logrado reconstruir o mejorar su vida.
Las personas no cambian solo cuando hacen las cosas diferentes o cuando tienen una gran fuerza de voluntad. Cambian cuando empiezan a verse a sí mismas de forma diferente y cuando su entorno también empieza a verlas así, empezando por los profesionales penitenciarios y por sus seres queridos.
Tras más de veinte años observando a personas reconstruir su vida desde circunstancias difíciles, he encontrado algunas respuestas a la pregunta: ¿por qué a algunas personas les cuesta tanto hacer cambios en su vida, incluso cuando saben que necesitan hacerlo, mientras otras consiguen transformarla poco a poco?
Comparto estas y otras reflexiones sobre el cambio humano en mi nuevo canal Mapa del cambio.
Nunca es demasiado tarde para cambiar de rumbo. Para nadie.
Paloma Ucelay, Jurista del Cuerpo Superior Técnico de Instituciones Penitenciarias
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Imagen de Sabine, vía Pixabay
